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Reto ¡Yo escribo! – Pregunta 1: Sobre mí

¡Yo escribo! ¿Y tú?

Como siempre, me entero tarde de esto. Pero más vale tarde que nunca. Así que, allí vamos.

Por lo general, me conocen como Dark_Lord. Empecé a subir relatos cortos de forma recurrente e la web de subcultura a comienzos de 2013, una página más dedicada al mundo del cómic que al de la escritura. Pero era una buena comunidad para un autor novel como yo y para probar no solo lo que era el relato en forma de prosa; sino también para probar a hacer guiones de cómic.

La verdad, es que llevo escribiendo desde que tengo memoria. Mi primer erlato serio se tituló La isla de Greta y se situaba en la era de Julio César (obviamente influenciado por los cómics de Astérix). No es que fuese muy original (demasiadas referencias a Pocahontas): Julio Cesar manda a un capitan conquistar una nueva isla, pero le pone por encima a un gobernador demasiado sangriento de sangre.

Mencionables son, sobre todo, la aventura de La Busqueda (escrita entre SirDraven y yo allá por el 2010) y Simplemente yo (comenzada en abril de 2014).

Mini Relatos por Navidad

Con el objetivo de recuperarme un poco del parón por el proyecto del NaNoWriMo (el cual fue un rotundo fracaso) he decidido aceptar peticiones para microrrelatos hasta final de mes. A ver si recupero las energías perdidas.

Pequeño parón

O debería decir más bien gran parón. No estoy teniendo gran ritmo de actualización con Simplemente yo y me he atascado en el tercer capítulo. Así que, con el objetivo de mejorar mi fluidez y aumentar mi ritmo, me he apuntado al NaNoWriMo, donde estoy escribiendo Retrato de un enemigo. Quienes ya me hayan leido en La Busqueda o en El Caballero Oscuro, descubrirán que no saco cosas nuevas aquí. Vuelve a ser la misma historia, con otro angulo distinto. Claro, que la dificultad radica en la extensión.
En fin, para compensar, dejo tanto lo que llevo de Simplemente yo como de Retrato de un enemigo, por si a alguien le interesa su lectura.
Ah! Estreno botón de Flattr, por si alguien quiere apoyar mi modesta obra con algún incentivo económico.

Retrato de un enemigo
Simplemente yo

Un nuevo resurgir

Era una noche oscura y tormentosa, no había ninguna estrella brillando en millones de kilómetros, ningún sol cercano, sólo los restos de la que habría sido la segunda estrella de la muerte flotaban a la deriva. Fragmentos sin rumbo esparcidos por la galaxia como pequeñas motas grisáceas, intentando llenar la carencia de un espacio sin luz.
La noticia de la destrucción del imperio había llegado mucho más allá de Endor y el fin de la amenaza se celebraba ruidosamente por toda la galaxia. Pero allí, entre los restos de la estrella de la muerte reinaba el más absoluto silencio.
Una figura pareció emerger entre los escombros: una nave vieja se movía despacio entre la chatarra, sorteando los pedazos más grandes. Su lento divagar no daba indicios de buenas intenciones.
En su interior Thik´o wan un joven y ambicioso twi´leks no dejaba de maravillarse de su genialidad. En unos días el vertedero espacial que ahora era la estrella de la muerte estaría lleno de rateros y ladrones peleándose por los despojos, pero de momento la destrucción era demasiado palpable, todavía se estaba celebrando la caída del imperio y nadie se había atrevido aún a acercarse, él se había adelantado a todos y si había algo de valor sería para él.
Al pasar alrededor de un enorme fragmento de metal que triplicaba el tamaño de la nave su compañero piloto empezó a gruñir en su idioma ininteligible mientras agitaba su trompa señalando algo por el cristal de la nave. Sin duda ese era su día de suerte pensó Thik y ordenó que lo subieran a la nave.
Una vez dentro Thik no pudo soportar la ansiedad de examinar más de cerca su botín. Allí en el centro de la bodega se encontraba una nave de guerra ¡eso era mucho mejor que un montón de chatarra!.
Su aspecto exterior estaba algo dañado, evidentemente no había salido indemne de la explosión pero el interior parecía intacto, poseía también en perfecto estado los cañones láser. Podría sacar un buen pellizco por las piezas, pero si la arreglaba un poco, quien sabe lo que podría llegar a sacar por una nave sith.
De repente un ruido alertó a Thik: La escotilla de la nave se había abierto. Se acercó cauteloso, cabía la posibilidad (y era una posibilidad muy remota) pero si la nave no había sufrido daño considerable, quizás su piloto aún estuviese vivo en su interior, exhalando su último suspiro. Thik esperaba ver surgir al piloto arrastrándose, pero como no ocurría nada se acercó aún más seguido por el piloto pacithhip que sostenía bajo su trompa un arma en posición poco amenazadora.
Surgió entonces una silueta oscura, completamente vestida de negro con una larga capa negra ondeando tras él. Su rostro cadavérico estaba al descubierto y mostraba un tono mortecino, no obstante la figura se movía hacía ellos con paso lento pero resuelto, parecía haber vuelto de entre los muertos. El piloto apuntó torpemente con su arma, pero antes de que pudiera disparar la figura extendió un brazo hacia él, por unos momentos el piloto se retorció de dolor y calló al suelo muerto. Thik intentó huir pero su miedo lo tenía paralizado y tropezó cayendo de espaldas. Intentó arrastrarse pero la figura estaba muy cerca de él.
-El imperio ha sido destruido- dijo temeroso, como si esas palabras pudieran salvarle la vida.
La figura le miró por un momento y le habló, no pudo verle la boca pero su voz sonó rotunda y grave:
-El imperio podrá ser destruido, pero el lado oscuro siempre existirá- dijo extendiendo su brazo hacia él.

El corazón del Jedi

Era una noche oscura y tormentosa, como muchas otras. La oscuridad del espacio envolvía a la nave imperial, con las estrellas como lejanos puntos de luz. Allí fuera, en ese infinito siempre era noche, y siempre hacía frío. Y la tormenta… No era como las tormentas que abaten la superficie de los planetas. No. Sin duda, esta era una tormenta mucho peor. No era una tormenta física, sino interna.
No eran dos masas de aire de temperaturas opuestas, sino dos mundos dentro un solo hombre. Dos formas de pensar, que a simple vista parecían tan similares, que él lo había confundido. Había sido engañado, pisoteado, golpeado y traicionado. Y él a su vez, había hecho eso mismo a sus enemigos. Había olvidado su nombre y lo que éste había significado para él. Y había resurgido como un hombre poderoso. El más temido, su nombre era reverenciado por todo los rincones de la galaxia, pronunciado con miedo.
Incluso entre sus enemigos, su nombre era pronunciado con respeto. Era un guerrero que tenía un único objetivo: Extender el imperio y eliminar a todo aquel que se impusiera en su camino.
Al ver a su hijo enfrentarse al mismo emperador, su maestro, le hizo recordar algo que le enseñaron sus maestros jedi: Un jedi no teme a la sangre, el miedo o el dolor. Un jedi no teme a la misma Muerte. El único temor del jedi es el miedo mismo.
Su hijo tenía la esencia del verdadero jedi. Al igual que su hija. Su familia era fuerte. Se parecían tanto a él y a ella. Ella. El quid de la cuestión, el punto de fuga, su felicidad y su condenación: Padme.
Antes el nombre de Padme le producía tristeza y resentimiento contra sí mismo. Lo que pudo y no pudo ser. Las cosas que aún tenía por decirle. Su muerte se lo arrebató todo. Sin embargo, al ver a sus hijos vivos, era como si una parte de ella siguiera viva en ellos. Podía ver el fuego de sus ojos en la mirada de su hija, el gesto serio y firme de Luke.
Era como el último regalo de Padme al mundo, para salvarlo de las garras del Emperador. De sus propias ambiciones.
Había sido el miedo lo que le había llevado al lado oscuro. El miedo a perder lo que más amaba. Si dejaba que el emperador matase a Luke, habría perdido todo lo que le quedaba de Padme: sus hijos, engendrados por el amor que había entre ellos.
Cuando atacó a su Emperador ya no había más miedo. No más dudas. Sólo el corazón de un jedi.
Cuando murió en brazos de uno de sus hijos ya no había más miedo. No había rencor ni odio. Sólo la paz de espíritu y la seguridad de que Padme le esperaba.

Capítulo 1

La luna iluminaba tímidamente el cielo. La fuerte luminosidad del alumbrado público madrileño hacía que sólo se viesen media docena de estrellas en el firmamento. Eran casi las 7 de la madrugada y era un lunes como cualquier otro lunes. No había nada que lo diferenciase de cualquier otro día.
La historia que vamos a contar, puede decirse que ocurrió no hace tanto tiempo. Empieza en un 2º piso de un edificio normal de casas, en la habitación de una quinceañera, cuando su alarma empieza a sonar, recordándole que ha de levantarse para ir al instituto.

No es lo mismo arte que hartar, no es lo mismo ser justo que ¡qué justo te va!

Sí, eran ya las 7, hora de levantarse. La alarma no perdonaba, no olvidaba. AL menos, esta tenía la opción de despertarte con la radio. Sí, podías dejar una emisora preparada, y Kiss FM era una magnífica opción. Desde luego, muchísimo mejor que el clásico chirrido estridente, que lo único que conseguía era sobresaltarte. Un brazo salió perezosamente de debajo de las sábanas color frambuesa en busca de la radio. Consiguió localizarlo y darle un buen manotazo.
-Cinco minutos más, porfi…
La figura de nuestra protagonista se confundía con las sábanas y la colcha, totalmente arrugadas. Su negro y rizado pelo apenas dejaba ver nada de la maltrecha almohada. Por mucho que quisiese alargar más los minutos de sueño, el reloj no detenía su avance, volviendo a sonar a todo volumen:

Hoy no me puedo levantaaaaaar.

Bueno, era difícil que la canción fuese más apropiada para el momento. Tampoco es que la noche anterior hubiese estado de juerga, la verdad. Con desgana, se levantó de la cama tirando al suelo parte de la sábana. Apagó el despertador definitivamente y fue hacia el baño para hacer un pis y lavarse un poco la cara, con el objetivo de quitarse algo de sueño de encima. Echó el cerrojo, casi más por la fuerza de la costumbre que por otra cosa. Dentro, se encontró con su propio reflejo en el espejo. Tenía una masa de rizos negros alborotados, una nariz pequeña y unos ojos castaños. En su piel se veía la marca del dichoso acné que implicaban sus 15 años.
-Joder, qué pelos de loca tengo, Dios mío. Y vaya careto. Necesito una ducha urgente. Y bastante maquillaje, creo.
Volvió a su habitación, para escoger bien la ropa que llevaría hoy… le costó decidirse bastante, pero finalmente encontró algo que le hiciese verse menos gorda. Trataba de no obsesionarse con su figura, pero la verdad era que, por culpa de su maldito metabolismo, estaba más que rellenita. No hubiese sido tan grave de no ser por las burlas, insultos y demás que sus simpáticos compañeros de 4º de la E.S.O. le brindaban casi cada día. Trataba de buscar el lado bueno de las cosas, de enfrentarse al mundo con valentía y optimismo, pero no siempre lo conseguía. Eso provocaba miles de inseguridades en ella, que cada día se volviese más retraída y que se encerrase en su pequeño mundo perfecto e imaginario donde podía estar a salvo. Cada vez hablaba menos de sus problemas, se encerraba más en sí misma, aún sin darse cuenta. Pero aún no estaba todo perdido. Su hermana mayor siempre le hacía de confidente. “Tú no les hagas caso” solía decir “sólo son un montón de gilipollas sin cerebro”.
Desnuda bajo la ducha, trataba de poner sus ideas en orden, de ver el montón de cosas que quedaban por delante, de las pequeñas cosas que todavía valían la pena, de las cosas que planeaba para la semana. Se animaba así a sí misma, canturreaba mientras se enjabonaba. “Si no me animo yo, ni trato de motivarme, nadie lo hará por mí” solía pensar.

Como casi siempre, salió a todo correr del portal. Remolonear tanto en la cama tenía sus consecuencias, y las pagaba yendo siempre con el tiempo justo. Tenía que llegar a la parada del bus de línea antes de que este pasase. Por suerte, aún no había llegado y le dio tiempo a terminar de comer un croissant que había cogido de la cocina. Raro era el día que podía permitirse desayunar decentemente en casa, pero no se podía tener todo. Y casi siempre terminaba eligiendo dormir un poquito más. ¡Se estaba tan a gusto bajo la colcha!
El bus pasó puntual. Mejor, el día que se retrasaba o lo perdía, solía pillar demasiado atasco para salir, con lo que ya era imposible llegar a clase a la hora. Ya en su asiento, no podía dejar de recordar las charlas que le solía echar su madre por el hecho de gastarse el dinero en el dichoso abono transportes cuando tenía una ruta escolar completamente gratuita. “Así podrías desayunar tranquila” solía decir.
Sí, era cierto que había una ruta escolar que no te obligaba a madrugar tanto. Y que no daba todo el rodeo del transporte público ni hacía tantas paradas. Encima, tenía que gastar sus ahorros de lo que ganaba como cajera en el verano, ya que sus padres no se lo querían pagar. Pero odiaba la ruta escolar. Lo peor del insti se juntaba allí, era insufrible. Le tiraban canutos, le llamaban gorda, vaca, zampabollos, le lanzaban bolas de papel dibujándola como una gran bola tetona… y el conductor, se limitaba a su labor, no solía tratar de imponer el orden.
Esto no significaba que todas las burlas, todo el acoso, todos sus problemas se redujesen a la ruta escolar. Simplemente, era uno de los que podía evitar fácilmente. En el metro nadie la señalaba con el dedo, nadie la criticaba. Era la diferencia entre la gente ya adulta y unos quinceañeros. Al menos, eso le solía decir su hermana. Era su forma de darle ánimos.
Sinceramente, solía pensar que su hermana lo había tenido más fácil. Era lista, guapa, delgada. Y cuando ella estudiaba, solo era obligatorio hasta los 14 años. Los imbéciles que sólo iban porque no les quedaba más remedio, no tenían por que continuar. Ahora no, con la E.S.O. habían añadido 2 años más. Dos años más de tortura, teniendo que aguantar a un montón de indeseables que solo iban por obligación y que le hacían la vida imposible sólo por el hecho de ser diferente. En este caso, por su figura.

Como cada día, del bus de línea, pasó al metro. Allí aprovechaba los viajes para cerrar un poco los ojos y medio dormir. Sí, medio dormir, porque ya más de una vez se había pasado de parada por dormirse del todo. Le gustaba el metro. A veces, en lugar de cerrar los ojos, los abría para ver a la distinta gente que surgía frente a ella y trataba de imaginar sus historias: era como ver la vida pasar, una forma de olvidarse de sus problemas. Hoy, por ejemplo, había un joven dibujando a bic sobre su cuaderno. La gente lo miraba raro o lo ignoraba. Era la gran ciudad, todo el mundo iba a su bola. Seguramente, era un estudiante rematando algún trabajo para la universidad, pero a ella le gustaba imaginar que estaba creando algún maravilloso mundo de fantasía donde todo fuera posible.

La campana sonó, dejando sordos a gran parte de los alumnos que aguardaban en el patio. Era difícil imaginar un sonido más desagradable. Más que la campana de un instituto, parecía una sirena de un campo de concentración de la II Guerra Mundial. El edificio era algo viejo, sucio, destartalado pero funcional. Y, sin embargo, no era su aspecto cochambroso lo que le convertía en lugar tan terrible a los ojos de nuestra joven. No. Eran las amargas experiencias, los malos ratos, la tortura por la que sus compañeros la hacían pasar cada día.
Desde cierto punto de vista, no le quedaba más remedio que dar la razón a su hermana: sólo era una minoría ruidosa. Veía a otros a los que también acosaban, solo por el hecho de ser diferentes: al Friki, al raro, al afeminado… pero eso no le servía de consuelo. Se veía como un mero juguete usado para la diversión de unos cuantos energúmenos. Mejor no pensar en ello, y tratar de sobrevivir, un día más.

Las clases se desarrollaban casi sin novedad. Su vida, en el fondo, no dejaba de ser más que una rutina con pocas variaciones: Si no le tiraban del pelo desde el pupitre te atrás, le lanzaban las clásicas bolitas gracias a los improvisados canutos a base de bolis bic. Aunque hubo días peores. Alguna vez le habían clavado la punta del compás en el brazo. En algún recreo la alzaban en volandas entre varios. ¡Panda de brutos! Pero siempre había sobrevivido y pensaba seguir haciéndolo. Sólo tenía que fijar su atención hacia algo más agradable. En este caso, dirigió sus pensamientos hacia Pablo.
Pablo era uno de los pocos chicos del insti que había conseguido captar su atención: simpático, tranquilo, no se metía con nadie… y hasta era guapete. Hacía ya casi un mes que le había echado el ojo, aunque el trato con los chicos no se le acababa de dar demasiado bien. Una chica como ella no encajaba con lo que buscaban los chavales de su edad. Ya en tercero de primaria había sufrido su primer desengaño. Era uno de aquellos recuerdos amargos que preferirías no tener que haber vivido. Sólo con decir que se pasó una semana dibujándose delgada y escribiendo “tengo que ser así” al pie de dichos dibujos, queda dicho todo.
La hora del recreo había llegado. Durante toda la semana anterior había ensayado en casa, buscando las palabras más adecuadas para acercarse a Pablo. No podía negar que tenía miedos, inseguridades, vergüenza, timidez y mil cosas similares, pero había oído decir que la fortuna ayudaba a los valientes. Y no quería estar sola siempre.
Proponerse algo y hacerlo eran dos cosas muy distintas. Al verse frente a Pablo las palabras se atascaron en su garganta. No se atrevían a salir. El momento se le hacía eterno, se sentía completamente ridícula, observada. Deseaba que la tierra se la tragase. Por fin, de su boca salieron dos silabas, tartamudeadas, silenciosas, como un hilillo casi imperceptible:
– Ho… ho… hola.
– Hola –contestó Pablo. Su tono de voz, aumentaba la tensión del momento. Puede que fuese un “hola” normal y corriente, pero los nervios estaban a flor de piel y cualquier cosa bastaba para ponerla aún más nerviosa, si es que esto era posible.
– ¿Sabes? –preguntó ella– Hace tiempo que te vengo observando. Pareces un tío majo, simpático, distinto al resto. Bueno, lo que quiero decir es que… que… que
– No sigas, por favor. –cortó Pablo– Eres una tía genial, en serio. Pero no me digas lo que estoy pensando. No puede ser.
– ¿Por qué no? –trató de decir, mientras intentaba disimular las lágrimas frente a tales calabazas. Ni siquiera le había dejado terminar la frase. Agarró todas sus fuerzas y esperanzas, para lanzar una última pregunta, entre contenidos sollozos– ¿Hay otra? ¿Ya sales con alguien? –Si tan sólo fuera eso. Al menos, podría soportarlo. Que alguna se le hubiese adelantado. Pero, por favor, que no fuese por ella. ¿Deseaba realmente saber la respuesta a aquella pregunta?
– No… no es eso… veras… los chicos hablan y… no quiero ser el hazmerreír… yo… ahora estoy bien… pero… si salgo contigo… me dirán… dirán… y… no sé si podría sobrellevarlo. ¡Pero, en serio, tú me gustas! Pero yo…
No pudo escuchar más. No quiso oír una sola palabra más. Aquello era lo más cobarde que había oído en su vida. O al menos, así lo vivía. Salió corriendo de allí, para llorar a gusto en un lugar donde nadie la viese. No quería mirarla, no quería oír nada. Encima, las risas de los que habían presenciado la escena llenaban el patio. Muchos comentaban la jugaba, compitiendo por quién hacía el comentario más ingenioso. Corrió, corrió y corrió, hasta llegar al cuarto de baño. Entró, cerró la puerta con el pestillo y empezó a llorar amargamente, deseando borrar los últimos minutos de su vida. Deseando estar sola. Deseando ser normal.

El nuevo show

Era una noche oscura y tormentosa. Tres hombres miraban fijamente una pantalla.
-Bada, wawawa-dijo el primero golpeando la pantalla.
-Wawa-dijo el segundo empujando al primero y sosteniendo un ratón en sus manos.
-¡Wala!-dijo el tercero cogiendo el ratón.
El tercer hombre, el más calvo de los tres, movía el ratón en todas direcciones mientras los otros dos le observaban con interés. Por fin, uno de los hombres se aburrió y le quitó el ratón de las manos mientras lo tiraba al suelo.
-Wuwa daba-dijo al tiempo que sacaba un teclado y comenzaba a golpear teclas.
-Wooooowwww-dijeron los otros dos.
-¡Wala!-dijo el hombre de los rizos.
Por un segundo se hizo el silencio.
-Nono-dijo el primer hombre.
Los tres miraron la pantalla.
-Nonono-dijo el hombre de rizos sorprendido.
-Wawa-dijo el calvo cogiendo el teclado.
-Wawa-dijo el hombre de rizos cogiendo el teclado también.
Ambos hombres comenzaron a pelear mientras el primer hombre volvía a menear el ratón.
Entonces la pantalla se apagó.
-NO-gritaron los tres lanzándose sobre la pantalla. Golpearon la pantalla con fuerza pero nada ocurrió. Posaron la pantalla sobre la mesa y trataron de razonar con ella pero la pantalla seguía apagada. Entonces el primer hombre apareció con frutas y verduras y las puso delante de la pantalla.
-Bada, wawawa-dijo
Pero la pantalla seguía sin encenderse. Los tres hombres se arrodillaron delante de la pantalla suplicantes.
-Bada, wawawa-suplicaban
Uno de ellos golpeó sin querer el teclado y la pantalla volvió a encenderse. Los tres aplaudieron maravillados y volvieron a mirar la pantalla fijamente.
-¿Wake?-dijo el hombre de rizos mirando al primer hombre
-Ya, ¿wake?-repitió el hombre calvo
El primer hombre se quedó pensativo mirando la pantalla.
-Bada, wawawa-dijo el hombre pero no ocurrió nada. Volvió a quedarse pensativo mientras los otros dos lo observaban. Entonces se fijó en un punto blanco que brillaba en la pantalla. Fue por el ratón y lo movió por la mesa. Vio como el punto blanco también se movía.
-Ajá-el primer hombre había tenido una idea. Movió el ratón una vez más y se fue a buscar el teclado. Lo posó sobre la mesa y apretó un botón.
-¡WALA!-exclamó triunfante
-¿Wala?-los otros dos hombres miraban la pantalla maravillados
-¡Wala! ¡Wala!-celebraban los tres. Después de un rato pararon y se miraron.
-¿Sabéis?-dijo el hombre de rizos-creo que deberíamos usar esto en nuestro nuevo show.
-¿Tu tas tonto?-dijo el hombre calvo- bastante que se ríen en mi casa porque no tengo fasebuk ni tenti ni estoy en la onda.
-Ya te digo-dijo el primer hombre-no veas cómo se ríe mi mujer cuando la tengo que pedir ayuda para poder ver una noticia en Internet, cómo la diga el show que hemos montado para enviar un e-mail se mea de la risa.
-Sólo era una idea.
-Mejor olvidemos este asunto-dijo el primer hombre-y recemos para que nadie más se entere.
Y los tres asintieron conformes.