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Capítulo 1

12/07/2013

La luna iluminaba tímidamente el cielo. La fuerte luminosidad del alumbrado público madrileño hacía que sólo se viesen media docena de estrellas en el firmamento. Eran casi las 7 de la madrugada y era un lunes como cualquier otro lunes. No había nada que lo diferenciase de cualquier otro día.
La historia que vamos a contar, puede decirse que ocurrió no hace tanto tiempo. Empieza en un 2º piso de un edificio normal de casas, en la habitación de una quinceañera, cuando su alarma empieza a sonar, recordándole que ha de levantarse para ir al instituto.

No es lo mismo arte que hartar, no es lo mismo ser justo que ¡qué justo te va!

Sí, eran ya las 7, hora de levantarse. La alarma no perdonaba, no olvidaba. AL menos, esta tenía la opción de despertarte con la radio. Sí, podías dejar una emisora preparada, y Kiss FM era una magnífica opción. Desde luego, muchísimo mejor que el clásico chirrido estridente, que lo único que conseguía era sobresaltarte. Un brazo salió perezosamente de debajo de las sábanas color frambuesa en busca de la radio. Consiguió localizarlo y darle un buen manotazo.
-Cinco minutos más, porfi…
La figura de nuestra protagonista se confundía con las sábanas y la colcha, totalmente arrugadas. Su negro y rizado pelo apenas dejaba ver nada de la maltrecha almohada. Por mucho que quisiese alargar más los minutos de sueño, el reloj no detenía su avance, volviendo a sonar a todo volumen:

Hoy no me puedo levantaaaaaar.

Bueno, era difícil que la canción fuese más apropiada para el momento. Tampoco es que la noche anterior hubiese estado de juerga, la verdad. Con desgana, se levantó de la cama tirando al suelo parte de la sábana. Apagó el despertador definitivamente y fue hacia el baño para hacer un pis y lavarse un poco la cara, con el objetivo de quitarse algo de sueño de encima. Echó el cerrojo, casi más por la fuerza de la costumbre que por otra cosa. Dentro, se encontró con su propio reflejo en el espejo. Tenía una masa de rizos negros alborotados, una nariz pequeña y unos ojos castaños. En su piel se veía la marca del dichoso acné que implicaban sus 15 años.
-Joder, qué pelos de loca tengo, Dios mío. Y vaya careto. Necesito una ducha urgente. Y bastante maquillaje, creo.
Volvió a su habitación, para escoger bien la ropa que llevaría hoy… le costó decidirse bastante, pero finalmente encontró algo que le hiciese verse menos gorda. Trataba de no obsesionarse con su figura, pero la verdad era que, por culpa de su maldito metabolismo, estaba más que rellenita. No hubiese sido tan grave de no ser por las burlas, insultos y demás que sus simpáticos compañeros de 4º de la E.S.O. le brindaban casi cada día. Trataba de buscar el lado bueno de las cosas, de enfrentarse al mundo con valentía y optimismo, pero no siempre lo conseguía. Eso provocaba miles de inseguridades en ella, que cada día se volviese más retraída y que se encerrase en su pequeño mundo perfecto e imaginario donde podía estar a salvo. Cada vez hablaba menos de sus problemas, se encerraba más en sí misma, aún sin darse cuenta. Pero aún no estaba todo perdido. Su hermana mayor siempre le hacía de confidente. “Tú no les hagas caso” solía decir “sólo son un montón de gilipollas sin cerebro”.
Desnuda bajo la ducha, trataba de poner sus ideas en orden, de ver el montón de cosas que quedaban por delante, de las pequeñas cosas que todavía valían la pena, de las cosas que planeaba para la semana. Se animaba así a sí misma, canturreaba mientras se enjabonaba. “Si no me animo yo, ni trato de motivarme, nadie lo hará por mí” solía pensar.

Como casi siempre, salió a todo correr del portal. Remolonear tanto en la cama tenía sus consecuencias, y las pagaba yendo siempre con el tiempo justo. Tenía que llegar a la parada del bus de línea antes de que este pasase. Por suerte, aún no había llegado y le dio tiempo a terminar de comer un croissant que había cogido de la cocina. Raro era el día que podía permitirse desayunar decentemente en casa, pero no se podía tener todo. Y casi siempre terminaba eligiendo dormir un poquito más. ¡Se estaba tan a gusto bajo la colcha!
El bus pasó puntual. Mejor, el día que se retrasaba o lo perdía, solía pillar demasiado atasco para salir, con lo que ya era imposible llegar a clase a la hora. Ya en su asiento, no podía dejar de recordar las charlas que le solía echar su madre por el hecho de gastarse el dinero en el dichoso abono transportes cuando tenía una ruta escolar completamente gratuita. “Así podrías desayunar tranquila” solía decir.
Sí, era cierto que había una ruta escolar que no te obligaba a madrugar tanto. Y que no daba todo el rodeo del transporte público ni hacía tantas paradas. Encima, tenía que gastar sus ahorros de lo que ganaba como cajera en el verano, ya que sus padres no se lo querían pagar. Pero odiaba la ruta escolar. Lo peor del insti se juntaba allí, era insufrible. Le tiraban canutos, le llamaban gorda, vaca, zampabollos, le lanzaban bolas de papel dibujándola como una gran bola tetona… y el conductor, se limitaba a su labor, no solía tratar de imponer el orden.
Esto no significaba que todas las burlas, todo el acoso, todos sus problemas se redujesen a la ruta escolar. Simplemente, era uno de los que podía evitar fácilmente. En el metro nadie la señalaba con el dedo, nadie la criticaba. Era la diferencia entre la gente ya adulta y unos quinceañeros. Al menos, eso le solía decir su hermana. Era su forma de darle ánimos.
Sinceramente, solía pensar que su hermana lo había tenido más fácil. Era lista, guapa, delgada. Y cuando ella estudiaba, solo era obligatorio hasta los 14 años. Los imbéciles que sólo iban porque no les quedaba más remedio, no tenían por que continuar. Ahora no, con la E.S.O. habían añadido 2 años más. Dos años más de tortura, teniendo que aguantar a un montón de indeseables que solo iban por obligación y que le hacían la vida imposible sólo por el hecho de ser diferente. En este caso, por su figura.

Como cada día, del bus de línea, pasó al metro. Allí aprovechaba los viajes para cerrar un poco los ojos y medio dormir. Sí, medio dormir, porque ya más de una vez se había pasado de parada por dormirse del todo. Le gustaba el metro. A veces, en lugar de cerrar los ojos, los abría para ver a la distinta gente que surgía frente a ella y trataba de imaginar sus historias: era como ver la vida pasar, una forma de olvidarse de sus problemas. Hoy, por ejemplo, había un joven dibujando a bic sobre su cuaderno. La gente lo miraba raro o lo ignoraba. Era la gran ciudad, todo el mundo iba a su bola. Seguramente, era un estudiante rematando algún trabajo para la universidad, pero a ella le gustaba imaginar que estaba creando algún maravilloso mundo de fantasía donde todo fuera posible.

La campana sonó, dejando sordos a gran parte de los alumnos que aguardaban en el patio. Era difícil imaginar un sonido más desagradable. Más que la campana de un instituto, parecía una sirena de un campo de concentración de la II Guerra Mundial. El edificio era algo viejo, sucio, destartalado pero funcional. Y, sin embargo, no era su aspecto cochambroso lo que le convertía en lugar tan terrible a los ojos de nuestra joven. No. Eran las amargas experiencias, los malos ratos, la tortura por la que sus compañeros la hacían pasar cada día.
Desde cierto punto de vista, no le quedaba más remedio que dar la razón a su hermana: sólo era una minoría ruidosa. Veía a otros a los que también acosaban, solo por el hecho de ser diferentes: al Friki, al raro, al afeminado… pero eso no le servía de consuelo. Se veía como un mero juguete usado para la diversión de unos cuantos energúmenos. Mejor no pensar en ello, y tratar de sobrevivir, un día más.

Las clases se desarrollaban casi sin novedad. Su vida, en el fondo, no dejaba de ser más que una rutina con pocas variaciones: Si no le tiraban del pelo desde el pupitre te atrás, le lanzaban las clásicas bolitas gracias a los improvisados canutos a base de bolis bic. Aunque hubo días peores. Alguna vez le habían clavado la punta del compás en el brazo. En algún recreo la alzaban en volandas entre varios. ¡Panda de brutos! Pero siempre había sobrevivido y pensaba seguir haciéndolo. Sólo tenía que fijar su atención hacia algo más agradable. En este caso, dirigió sus pensamientos hacia Pablo.
Pablo era uno de los pocos chicos del insti que había conseguido captar su atención: simpático, tranquilo, no se metía con nadie… y hasta era guapete. Hacía ya casi un mes que le había echado el ojo, aunque el trato con los chicos no se le acababa de dar demasiado bien. Una chica como ella no encajaba con lo que buscaban los chavales de su edad. Ya en tercero de primaria había sufrido su primer desengaño. Era uno de aquellos recuerdos amargos que preferirías no tener que haber vivido. Sólo con decir que se pasó una semana dibujándose delgada y escribiendo “tengo que ser así” al pie de dichos dibujos, queda dicho todo.
La hora del recreo había llegado. Durante toda la semana anterior había ensayado en casa, buscando las palabras más adecuadas para acercarse a Pablo. No podía negar que tenía miedos, inseguridades, vergüenza, timidez y mil cosas similares, pero había oído decir que la fortuna ayudaba a los valientes. Y no quería estar sola siempre.
Proponerse algo y hacerlo eran dos cosas muy distintas. Al verse frente a Pablo las palabras se atascaron en su garganta. No se atrevían a salir. El momento se le hacía eterno, se sentía completamente ridícula, observada. Deseaba que la tierra se la tragase. Por fin, de su boca salieron dos silabas, tartamudeadas, silenciosas, como un hilillo casi imperceptible:
– Ho… ho… hola.
– Hola –contestó Pablo. Su tono de voz, aumentaba la tensión del momento. Puede que fuese un “hola” normal y corriente, pero los nervios estaban a flor de piel y cualquier cosa bastaba para ponerla aún más nerviosa, si es que esto era posible.
– ¿Sabes? –preguntó ella– Hace tiempo que te vengo observando. Pareces un tío majo, simpático, distinto al resto. Bueno, lo que quiero decir es que… que… que
– No sigas, por favor. –cortó Pablo– Eres una tía genial, en serio. Pero no me digas lo que estoy pensando. No puede ser.
– ¿Por qué no? –trató de decir, mientras intentaba disimular las lágrimas frente a tales calabazas. Ni siquiera le había dejado terminar la frase. Agarró todas sus fuerzas y esperanzas, para lanzar una última pregunta, entre contenidos sollozos– ¿Hay otra? ¿Ya sales con alguien? –Si tan sólo fuera eso. Al menos, podría soportarlo. Que alguna se le hubiese adelantado. Pero, por favor, que no fuese por ella. ¿Deseaba realmente saber la respuesta a aquella pregunta?
– No… no es eso… veras… los chicos hablan y… no quiero ser el hazmerreír… yo… ahora estoy bien… pero… si salgo contigo… me dirán… dirán… y… no sé si podría sobrellevarlo. ¡Pero, en serio, tú me gustas! Pero yo…
No pudo escuchar más. No quiso oír una sola palabra más. Aquello era lo más cobarde que había oído en su vida. O al menos, así lo vivía. Salió corriendo de allí, para llorar a gusto en un lugar donde nadie la viese. No quería mirarla, no quería oír nada. Encima, las risas de los que habían presenciado la escena llenaban el patio. Muchos comentaban la jugaba, compitiendo por quién hacía el comentario más ingenioso. Corrió, corrió y corrió, hasta llegar al cuarto de baño. Entró, cerró la puerta con el pestillo y empezó a llorar amargamente, deseando borrar los últimos minutos de su vida. Deseando estar sola. Deseando ser normal.

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