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El golpe

Era una noche oscura y tormentosa…
La lluvia caía torrencial por las calles de Bath, mientras los tres atracadores se movían en silencio por el interior del banco.
Dos atracadores se situaron al lado de la cámara acorazada. Uno de ellos empezó a manipular un netpad conectado a la cerradura magnética de la puerta blindada. El tercero montaba guardia, parapetado tras la puerta al Royal Crescent Bank.
Entrar, reventar la caja, coger la pasta y salir pitando. Toda la operación duraría alrededor de 3 horas, pero tenían un máximo de 3’10’’ para despachar la caja.
-“John, ¿Cómo vas? ¿Por qué tardas tanto?” – Preguntó uno de los atracadores en voz baja.
– “Tranquilo, no quiero que salte ninguna… oh, mierda”.
John Ranner miró el netpad. Múltiples mensajes de alarma danzaban por la pantalla. A los pocos segundos una alarma estridente empezó a sonar por todo el edificio.
-“¿Qué ha pasado?” – Preguntó Paddy “Sunday” Malone a su compañero.
John levantó la vista del netpad y miró a su compañero. No eran buenas noticias.
-“Una maldita trampa, eso es lo que ha pasado. En cuanto he conectado con la cerradura, se disparó una trampa lógica”. Contestó John.
Desde la puerta llegó resoplando Lucciano Venturi, el tercer atracador.
-“Tíos, ¿Qué habéis hecho?, ¡La calle se ha llenado de coches de la pasma!”
-“¿Cómo están las salidas?”
-”Todas cubiertas por la poli”.
-“¿El tejado?
-“¿Oyes ese ruido? Apostaría que es un helicóptero.”
-“Estamos jodidos…”
-“Si…”
Los tres intercambiaron miradas. Estaba claro que alguien les había vendido, y todos tenían un nombre en mente.
-“Dradi nos la ha jugado”, masculló Paddy.- “Maldita rata traidora”.
-“¿Qué hacemos? ¿Nos entregamos?”, preguntó Ranner.
Un intercambio de miradas bastó para que los tres tuviesen claro que esa opción no estaba en el menú de la noche. Ninguno volvería al trullo. Antes preferían la muerte.
Lucciano se sentó, abrió su mochila y extrajo un pequeño paquete, lo abrió y se puso a comer su contenido.
-“¿Te vas a poner a comer ahora?”- Preguntó incrédulo John.
-“¿Por qué no? Tengo hambre… Además este es el último plato de rotolone con requesón que quedaba, ya no hay restaurante que lo prepare como me gusta…”
-“¿Quereiffs?”, ofreció con la boca llena. Sus compañeros declinaron la oferta sonriendo.
Paddy evalúo la situación desde la puerta: Policía, blindados, helicóptero… Esto no era una película, no tenían ninguna oportunidad. La policía encendió los focos de asalto. Un haz de luz se movió por la sala como por un escenario…
-“No vamos a salir de esta”, pensó.
-“Bien caballeros, nuestro público aguarda, demos un buen espectáculo”. Sus compañeros asintieron. Lucciano dejó de comer, limpiándose restos de rotolone de la barba.
Se colocaron a ambos lados de la puerta, contando hasta tres…
En el último momento, una imagen cruzó fugazmente la mente de Paddy: Estaban en otra realidad, los focos que les iluminaban eran los de la opera. La policía era el público, y el sonido del helicóptero era el ruido de fondo de la orquesta. Los tres vestían elegantes trajes de frac…
-“Quizás en otra vida” – Pensó Paddy.
Salieron disparando.

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Turandot. Acto Tercero – Cuarto I

Era una noche oscura y tormentosa, los truenos caían sin piedad sobre la ciudad, cuyos colores eran devorados por la lluvia. El viento silbaba furioso entre las calles, recorriéndolas como sangre sutil por venas, arrastrando una canción de victoria. La figura de José Carreras apenas estaba delimitada, iluminada por los rayos, que le cegaban. Había ganado, y lo había hecho solo. O eso había creído. Saber que su viejo enemigo, Domingo, le había ayudado en secreto a curarse, le había golpeado como una maza. Luciano se reía de su expresión severa. Levantó su enorme cuerpo del asiento, palmeándole la espalda. La melodía retumbaba desde la sala de conciertos, con las voces confluyendo y fundiéndose con la lluvia en una música delicada. Plácido entró, con su semblante serio, su voz retumbante y su porte regio, como si las mismas Furias le azuzasen. En el escenario, Turandot clamaba por el nombre de “El Ignoto”, y Luciano, con un abrazo agradecido a Domingo, se marchó hacia el escenario. El silencio se hizo entre ellos, y por un momento, ambos se sintieron como personajes de aquellas óperas que encarnaban. Entonces, una voz que ambos conocían muy bien retumbo entre ellos, llenándoles por dentro, como sólo unas pocas voces entre todos los hombres podía hacerlo. El ambiente pareció colmarse de electricidad, de los recuerdos que tenían en común, y las palabras cargadas de veneno que se habían intercambiado durante todo este tiempo, se desvanecían en aquella oscuridad mágica. Carreras notaba como la pesadez, el tiempo que llevaba luchando contra la leucemia, se aligeraban bajo aquella voz. El terremoto que le arrebató a parte de su familia, que había quedado enquistado en el interior de Plácido. El viento dejó de correr por las calles, y la tormenta se disipó tan rápido como había aparecido. Hoy, en la noche oscura todo se acalla. Sólo la voz y la orquesta desgarraban el delgado silencio. La Luna asomaba su cara, y el dulce aroma a lluvia perfumaba el aire. Las sendas crueles que les habían llevado hasta allí quedaron rotas, y los impulsos de los vientos llevaban un aria triunfal, que clamaba furiosa. Durante un breve silencio, de apenas un suspiro, Carreras añadió una breve nota:
-¿Por qué?
La voz volvió a alzarse, y llegó la Victoria, la de glorioso nombre, para saludar a los hombres, como promesa segura y alentadora, de que con el alba, llegará. Y aunque aún moraban en el territorio de la noche, aquella cadencia candente te hacía sentir como si el mismo Sol se asomase en todo su esplendor. Sus corazones temblaban de emoción, con el creccendo final, alzándose junto con Luciano. Y entonces estaba hecho. Eran tres. Los aplausos los arropaba, y podían sentir la victoria de su amigo como suya propia. Cuando Dadri les propuso unirse para formar los tres tenores, pensaron que era una locura. Pero aquella reunión, sin necesidad de palabras, con una sola canción que representaba todo aquello que ellos amaban, lo cambió todo.
-Porque el mundo debe conocernos.

La leyenda de los tres cerditos

Era una noche oscura y tormentosa, todavía faltaban horas para que el sol despuntara a través de las montañas del desierto y por todos lados podían oírse los aullidos de las alimañas de la noche.
Cuatro figuras atravesaban el desierto cabalgando y dejando vetas de tierra y polvo a su paso. En cabeza iba el sheriff Wolfman, con un rifle a la espalda. En el cinturón, un par de revólveres bien cargados. La expresión canina de su cara mostraba una demencia cazadora. Le seguían dos de sus hombres y Billie Joe, un joven pistolero. Toda la improvisada compañía que había conseguido reunir a tan altas horas de la noche en ese pequeño pueblo.
Los ojos de los cuatro jinetes brillaban en la noche como los de los chacales hambrientos. Y es que, esa noche no perseguían una presa cualquiera. Hacía una hora escasa, al sheriff le había llegado el soplo de que los tres hermanos piggson se escondían en una mina abandonada al oeste del pueblo. El sheriff había tenido la desgraciada de seguir paso a paso las desventuras de estos hermanos desde su comienzo en el mundo del crimen: eran más que unos bandidos, más que unos asaltantes. Sus delitos eran innumerables: robos, asalto a trenes, violaciones…, no hacían ningún tipo de distinción. Por allí por donde pasaban dejaban su huella, pero su rastro era muy difícil de seguir. La sucia forma en la que efectuaban todos sus delitos les había hecho ganarse el sobrenombre de “los tres cerditos”.
En dos ocasiones el viejo sheriff los había tenido entre sus manos y se habían esfumado como el agua entre sus dedos. La primera vez, les descubrió con pequeño botín robado, en el pajar de un rancho, en esa ocasión apenas habían comenzado sus andanzas. La segunda vez había sido unos diez años atrás, en un aserradero de San Francisco. Por entonces ya eran los bandidos más buscados, y aún hoy lo seguían siendo.

Los cuatro jinetes aminoraron la marca al acercarse a la mina abandonada para evitar ser oídos y se escondieron entre las sombras. Había tres caballos amarrados cerca de allí y en una entrada destartalada podía verse tenuemente la luz de un fuego.
El sheriff Wolfman ordenó a sus hombres situarse en la entrada, por si los tres hermanos decidían huir, mientras él y Billie Joe rodearon la zona buscando otra posible salida: un poco más arriba de la entrada había un pequeño respiradero, lo suficiente ancho para que entrara un hombre arrastrándose. El sheriff no se lo pensó dos veces y se adentró siguiendo el ruido de las voces, esta vez no tenían escapatoria, por fin les daría caza. Se deslizó por el hueco hasta tocar tierra de nuevo, ya podía ver a los tres hermanos rodeados por barriles y cajas de su último botín.
Pero cuando apenas había puesto sus pies en el interior de la gruta las voces cesaron súbitamente y el sheriff Wolfman supo que le habían descubierto, el fuego le había delatado: al girarse pudo ver la sombra de su figura proyectada enormemente en la pared. Había sido una imprudencia entrar así y ahora era demasiado tarde para volver atrás y los disparos no se hicieron esperar. El viejo sheriff disparó mientras retrocedía, los disparos rebotaban en la gruta desprendiendo pedazos de roca y el eco era ensordecedor. De repente una gran explosión dentro de la gruta hizo que se desplomase el techo sobre los tres hermanos.
Ese día, El sheriff Wolfman pudo escapar milagrosamente por el mismo respiradero que había entrado, pero nunca se pudo recuperar el último botín requisado por los hermanos: un cargamento de pólvora y dinamita con el que pensaban dar su próximo golpe. Y así murió la leyenda de los tres cerditos.

Los cerditos elementales

Era una noche oscura y tormentosa cuando un lobo perseguía a 3 cerditos… los cerditos intentaron esconderse en varios sitios que habían echo previamente ((uno de paja y otro de madera))

Pero El lobo, el cual era tipo viento, usando ”ventisca” los derribo todos… entonces uno de los cerditos, que era tipo tierra, hizo una fortaleza de roca….. Entonces el lobo empezó a volar con sus poderes de viento y sobrepaso la muralla, y se lanzo a tragase al cerdito tipo tierra…

Entonces un chorro de agua empujo lejos al lobo y lo congelo parcialmente dejando su cabeza expuesta…

El lobo, enfurecido, uso ”ataque de insultos” y el cerdito tipo agua uso ”congelar el hocico”, pero no midió las consecuencias y el lobo no pudo respirar y se ahogo!!….

– WoooooWW, viejo que historia tan rara… de donde la sabes? o..Ó

– Que no te acuerdas que paso hace como 30min??… ahora… usa tu poderes de fuego y conviértelo en cenizas… lo pondremos en un agujero en la tierra y nos largamos… donde llegue la policía de lobos se nos va a armar la grande!!

Exquisito debate intelectual

La noche era oscura y tormentosa, el aguacero que repicaba en las ventanas era impresionante, pero a ellos no les importaba en absoluto ni el golpeteo de la lluvia, ni los rayos que resplandecían en el interior de la estancia. Los tres estaban en silencio, anonadados, eclipsados, hechizados… Mantenían sus ojos tan fijos en el aparato que llevaban rato sin pestañear, incluso casi contenían en aliento observando aquella impactante escena.
Por más que hiciesen memoria, nada, podían confirmarlo, jamás habían visto algo similar. Mucho menos tan impresionante. Nunca en su vida habían visto a tres hombres adultos… ¡En pañales y jugando con una pelota gigante! Sabían que aquello se escapaba de toda lógica, pero aún así allí estaban ellos tres, contemplando ensimismados, boquiabiertos, el famoso sketch del trío Tricicle. Tan concentrados y atentos a la escena estaban, que incluso ignoraban que a uno de los tres comenzó a caérsele un hilillo de baba, el otro sonreía con cara de tonto, y la tercera fruncía el ceño y entrecerraba los ojos intentando asimilar aquello tan extraño que veía.
Cuando el corto terminó, el silencio se apoderó del salón. Los tres espectadores seguían sentados en el suelo, con la mirada clavada en el televisor, sin articular palabra. ¡Tres adultos haciendo de bebés! ¿Cómo era eso posible? ¿Y cómo se les ocurría pensar que los bebés jugaban tan mal a la pelota?
La primera de los espectadores, se giró hacia sus acompañantes, indignada. Antes de hablar, se puso en pie y se quitó el chupete con su mano regordeta.
– ¡Ta-tatatá! (¡En mi vida he visto nada tan absurdo!)
– Papapapapa… Papa ¡pa! (A mí me gustó) –dijo el bebé pelón, sacudiendo los bracitos al tiempo que emitía una simpática carcajada.
El tercero se mantenía serio, mirando aún la pantalla, parecía querer analizar la situación antes de dar su veredicto. Mientras, los otros continuaban debatiendo; la primera pataleando con un solo pie una y otra vez la alfombra, y el otro babeando sin parar y riendo. Cuando cayeron en la cuenta de que “ricitos” no había hablado aún le miraron, pero ya no estaba a su lado, sino a varios pasos, acercándose de nuevo hacia ellos con una gran pelota de goma entre sus manos.
– Ma… Mamama ma. Ta mama ma (Parece mentira, ¡tan grandes y no saben jugar!)
Lanzó la pelota.
Como si de un bucle se tratase, se repitió en el salón paso a paso una escena idéntica a la que acababan de ver: Tres bebés torpones jugando con una pelota demasiado grande para ellos, afanándose en perseguirla, mientras se caían continuamente.

La última función

Era una noche oscura y tormentosa cuando tres imágenes simultaneas se paseaban en un mismo punto en las cercanías del hotel. No se trataba de desdoblamiento de personalidad o viaje dimensional, solo de un hombre anciano con grandes recuerdos entre la nostalgia. Su paseo le llevaba alrededor de ese mismo hotel de mil historias, donde dentro se guardaban todo tipo de decorados. Una vez dentro para resguardarse de la lluvia, un escenario de teatro servía de testigo, cual diario no escrito, de por qué en el fondo figuraba una isla desierta o por que un esqueleto de goma yacía en el suelo esperando volver a moverse…

En un primer punto, el niño miraba curioso a todos lados preguntándose como aquel hombre pintado de blanco en cara era capaz de hacer reír sin decir nada, con una sonrisa de oreja a oreja y movimientos, a veces ágiles, a veces tontos, pero siempre divertidos y decididos. Fue en ese mismo momento que lo decidió: descubriría los secretos de ese hombre no acorde con la realidad.

La adolescencia llega tan rápido como se va, así lo aseguraba el joven que entraba a aquel teatro con decisión de conocer el nuevo mundo que le deparaba. Por allí, muy cerca de él, el niño aún figuraba en el interior, lo que le permitió conocer y cuadrar con otros dos niños de cuerpos formados que gesticulaban mudos todo un futuro por delante.

Entre juegos de espejos móviles, los tres hombres se pasaban los reflejos como si fuesen livianas pelotas de pequeño tamaños, como si el tanto jugar con lo abstracto les hubiera permitido aprender los verdaderos secretos y sentidos de la realidad. Un espejo a un lado, otro al otro, tan fugaz que uno de ellos surgió inmediato tras la trayectoria, gesticulando como si hiciese malabares invisibles a cualquier sentido de la vista. Al rato, apenas asimilado, el segundo hombre se posó a su lado para caminar decidido y coger los pequeños objetos invisibles que quisiesen escapar. El tercero, invadió la primera plana para engañar al sentido de la lógica de lo seguido, todo para aumentar la dificultad de la maniobra de sus compañeros.

Una imagen final quedó, cuadrando con los aplausos que lanzaban triunfo en pequeñas dosis de sonido y reconocimiento…

El anciano quedó en el centro del escenario. Cerró los ojos y elevó la mirada al foco apagado que tanto le dio que sudar. Su sonrisa se mostró apenada, pero, sin apenas gesticularla, la emoción que surgía cambiaba deslizada conforme otros dos ancianos aparecían por sus lados para acompañarlo en esa función del pasado que nunca morirá.

04-Lágrimas

Me he pasado encerrada en el cuarto de baño casi todo el recreo. No quería que me viesen llorar. ¿Cómo pueden ser os tíos tan odiosos? Ya me he acostumbrado a los insultos, cada uno más ingenioso que el anterior. Desde los clásicos de hipopótama o ballenata, hasta alguno un poco más original como vaquifoca. Limpiar mi pelo de todas las bolitas de papel que me lanzan a través de sus canutos hechos con las carcasas de los bics. Pero lo de hoy no me lo esperaba, ha sido un golpe muy duro.
Tras limpiarme los mocos con medio rollo de papel higiénico, me miro en lo que queda de espejo, y me pregunto si realmente estoy equivocada y tal vez el problema sea yo. ¿Qué tengo tan terrible? ¿Tanto asco doy? ¿Realmente es vomitiva mi figura? ¿Es realmente mi culpa? No soy una zampabollos como me dicen, simplemente engordo muy fácilmente. Metabolismo, eso es todo. Pero debo ser realmente repugnante. Algo completamente atroz. O así me hacen sentir.
Lo que soy es tonta del culo. No puedo permitir que esta panda de imbéciles sin cerebro controle mi vida. Solo es un tío, que no se merece que derrame ni una sola lágrima por él, pero no soy tan fuerte como me gustaría ser o como quiero aparentar. Pero me ha dolido tanto su respuesta, tan cobarde, tan ruin, que no puedo evitarlo.
Tras armarme de valor, pedí salir a Pablo. Y no solo me dijo que no, eso no me hubiese dolido tanto. Pero decirme que le gustaba, pero que no quería ser el hazmerreír del grupo por salir con la gorda, ha sido demasiado cruel. Vaya una respuesta más cobarde. Y yo que creía que el amor podía con cualquier cosa. Eso me pasa por ver tantas pelis que nada tienen que ver con la realidad. Pero ahora he de ser valiente, lavarme la cara, y seguir adelante. Ya habrá otro mejor, que me querrá tal y como realmente soy. Es Pablo quien se lo pierde, el es quien debería estar llorando por desperdiciar esta oportunidad de salir con alguien domo yo, simplemente por lo que puedan pensar de él. No está a mi altura.